Cada uno en su sitio
El enfrentamiento verbal entre las congresistas Martha Hildebrandt y María Sumire da pie a este agudo análisis sobre el uso del lenguaje y el racismo.
por: Luis Andrade Ciudad
Confieso que, a pesar del racismo que vivimos diariamente los peruanos, me sorprendió escuchar esa frase dicha de manera tan desembozada en el Hall de Los Pasos Perdidos del Congreso durante el espinoso intercambio de palabras que tuvieron hace poco las congresistas María Sumire y Martha Hildebrandt. Y es que "cada uno en su sitio" tiene un tufillo tan anticuado como la clásica definición de cholo de Juan de Arona, que hoy nos suena fuera de época, con toda razón, porque fue formulada (pequeño detalle) en las últimas décadas del siglo XIX.
El cholo, decía Arona hace una punta de años, es "una de las muchas castas que infestan el Perú; es el resultado del cruzamiento entre el blanco y el indio. El cholo es tan peculiar a la costa, como el indio a la sierra; y aunque uno y otro se suelen encontrar en una y otra, no están allí más que de paso, suspirando por alzar el vuelo; el indio por volverse a sus punas y a su llama, y el cholo por bajar a la costa, a ser diputado, magistrado o presidente de la República". El "cada uno en su sitio" espetado por la congresista Hildebrandt a su ocasional contrincante tuvo la extraña virtud de transportarnos a esas épocas en que la sociedad se imaginaba a sí misma como una de esas complicadas cajas chinas con un entramado de cajones y cajoncitos, que supuestamente impedían el contacto entre unos y otros porque cada uno tenía su lugar: en los cajones altos y espaciosos, la gente 'bien'; en los cajones de abajo, en los cuchitriles, los seres inferiores, aquellos que suspiraban por estar más cerca, física y simbólicamente, de las punas y las llamas.
¿Clasismo, racismo, simple intolerancia y desparpajo impune? Tal vez un poco de todo, pero, además, una confianza ciega en el mito de que la educación formal, el estatus profesional y el manejo de la escritura hacen superiores a algunos y los colocan en un lugar tan privilegiado que pueden despreciar sin ningún problema a los demás, a los excluidos del selecto club; discurso que, lamentablemente, fue recogido por Sumire, al responder airada: "Yo también soy gente preparada; soy indígena pero abogada".
Como si no bastara ser indígena, congresista para más señas, para estar en condición de presentar y defender una iniciativa legal. De este modo, el debate pasaba a centrarse en los laureles intelectuales y académicos de las partes, mientras se difuminaba un hecho crucial, enfatizado por la lingüista peruana Nila Vigil: más allá de ser una reivindicación de los grupos indígenas, los esfuerzos por hacer realidad los derechos lingüísticos se inscriben en el marco general de la lucha por los derechos fundamentales y la dignidad humana (<http://nilavigil.wordpress.com/>).
Antes del exabrupto de Los Pasos Perdidos, en el debate parlamentario sobre el proyecto de ley presentado por Sumire para la preservación y el uso de las lenguas originarias, Hildebrandt afirmó: "Yo no tengo nada contra las lenguas indígenas del Perú, yo no soy quechuahablante pero soy lingüista, aquí se respetan las especialidades. Cuando se habla de medicina, los médicos tienen más estatus; cuando se habla de Derecho, por supuesto los abogados, y yo los respeto y mando preguntar a los abogados o a los médicos cuando se trata de un tema médico o abogado (sic), pero que tenga (sic) la representatividad lingüística de una lengua los hablantes, es como decir que los enfermos saben más de medicina, y los presos y condenados saben más de derecho" (Diario de los Debates, jueves 6 de setiembre del 2007, p. 34).
Otro lingüista peruano, Miguel Rodríguez Mondoñedo, ha hecho notar desde su activo blog la extraña concepción del papel del lingüista que se desprende de esta cita. Hildebrandt parece pensar que los hablantes no saben nada de sus lenguas, y que no tienen nada que decir acerca de ellas ni sobre sus derechos lingüísticos. Desde esta perspectiva, son los lingüistas quienes deberíamos representar a los hablantes, como si los médicos pudieran representar a los pacientes cuando se discute acerca de sus derechos y sobre la forma como deberían ser tratados.
La perspectiva moderna de la lingüística es diametralmente opuesta: como recuerda Rodríguez Mondoñedo, si bien los lingüistas estudiamos las lenguas, intentando explicitar el saber inconsciente de los hablantes a partir de los preciosos datos que ellos nos brindan, de ninguna forma podemos arrogarnos su representación respecto a ese saber y, menos aún, respecto a sus derechos lingüísticos (<http://lapenalinguistica.blogspot.com/>).
Da gusto saber, por eso, que un grupo de estudiantes de lingüística y literatura ha estado entre los primeros en promover un pronunciamiento en contra de la actitud "discriminadora e irrespetuosa" de Hildebrandt y en respaldar la necesidad de una ley que reivindique las lenguas originarias en el Perú (<http://imverbe.blogspot.com/2007/09/pronunciamiento.html>).
En la mencionada intervención de Hildebrandt, es notable, además, la comparación elegida para comunicar al Pleno su idea de la profesión y su papel respecto a los hablantes: para establecer su analogía, ella pudo haber optado por señalar la relación entre los artistas y la crítica de arte, entre los inversionistas y los agentes de bolsa o entre los agricultores y los ingenieros agrónomos, alternativas que enfatizan el vínculo entre un agente productivo y un especialista. Pero ella apeló a dos analogías opuestas: los enfermos respecto de la medicina y los presos frente al Derecho y la abogacía; es decir, eligió a los pacientes y a los reos, personas que están atravesando una situación de carencia de salud y libertad, respectivamente.
En estas extrañas comparaciones, el lingüista termina ubicado como el profesional que o bien los curará de sus males o bien los salvará o condenará con las armas de la ley. La lengua resulta, así, catalogada como una enfermedad y como una cárcel para sus propios hablantes. Ay de ellos, que carecen de la secreta fórmula para alcanzar la ansiada salud. Ay de ellos, que no tienen la llave del habla culta que les permitiría salir de la prisión.
Desde esta perspectiva que ningunea el saber de los hablantes, el único capaz de liberarlos de su ignorancia será el especialista, aunque desconozca el idioma involucrado, como es el caso de la congresista respecto de las lenguas indígenas. El lugar de los hablantes es, entonces, el de la carencia; el sitio del experto, el del conocimiento y el poder. "Cada uno en su sitio" puede ser vista, entonces, como una frase aplicable también al campo profesional. La caja china del lenguaje tiene, desde esta manera de ver las cosas, un solo gran cajón, que con su contundencia y supuesto saber aplasta a los cajoncitos tugurizados del subsuelo. Adivinen quién se coloca arriba.
Diarío Perú.21




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